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Ningún hombre nace con el derecho de decirle a otro lo que tiene que hacer, cada uno, por tanto, ha de gobernarse a sí mismo; pero los hombres ven en la organización colectiva una eficaz herramienta para la realización de sus fines individuales, por eso acuerdan constituir la sociedad, reservándose para sí la libertad de elegir sus propios fines y pactan que una cierta colección de asuntos serán resueltos colectivamente; como nadie es más que nadie, los asuntos colectivos habrán de resolverse entre todos, a través del mecanismo de la deliberación pública y del sufragio.

Se constituyen así las dos expresiones básicas de la libertad del hombre: el dominio exclusivo y monopólico de las cuestiones personales y el derecho a participar en todas las instancias deliberativas en las que se definan las reglas de la convivencia social. Manifestaciones que alguna vez se han denominado la libertad de los modernos y la libertad de los antiguos.

La autonomía progresiva es la forma en que esas libertades se manifiestan en la infancia, estas se expresan como el derecho a ejercer de forma creciente mayores cuotas de gobierno personal y de participación en las instancias en las que se definen los asuntos colectivos


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