Las dificultades de aprendizaje, junto a la incapacidad para torcer unas biografías educativas muy determinadas por las desigualdades de origen, constituyen los signos más evidentes del “fracaso”, el que marca con su estigma, a la escuela de hoy, y ambienta acalorados debates respecto de la necesidad de trasformar la institución educativa, a fin de ponerla a tono de unos desafíos que son -por su propia naturaleza- ajenos al aula.

 

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